jueves, 20 de febrero de 2014

Capítulo 13: Mi apartamento, mi desorden... Yo.




                -Echo de menos ciertas cosas. Mi vida normal, el estrés de la universidad… Vivir sola. Bailar los sábados por la mañana, tomar varias dosis de cafeína en vez de tantas pastillas para dormir. Comer porquerías, ¿Nadie se ha preguntado porque en esa casa sólo hay comida sana? Quizá, salir por la noche…

Bien, había dicho mi discurso, manteniendo los ojos fijos en el suelo. Y ahora, tenía que levantar la cabeza y ver sus reacciones… Esperando que algunas de mis confesiones hubieran arrancado un poco de humor.

Por lo visto me equivocaba. Ni un ápice de risa. 

Cuando me enfrenté a ellos y dejé de maltratar al césped, descubrí que no era tan graciosa como creía y que había logrado lo contrario. Un desastre de proporciones épicas.

Sus caras de lástima eran insultantes, y me hicieron replantearme el juego, el haber aceptado, el ser tan tonta… Por supuesto que no importaba nada lo que ellos hubieran dicho, porque en realidad el plan estaba diseñado especialmente para mí. Para que siguieran hondando en mi personalidad de mierda, chafada y con estrías.

No les había quedado otra que pensar una idiotez de esta envergadura, para seguir con mi análisis exhaustivo. En aquel momento me sentí como una chica encerrada en tubo de ensayo. 

Claro que también fue un pensamiento bastante exagerado (lo sé), por lo que lo controlé y decidí que lo mejor era pasar a la siguiente ronda. Jugar sucio. Sin ningún tipo de piedad. Sacar a la bestia que habitaba en mi interior, a la mente calculadora y perversa que no iba a soportar ser la víctima lisiada y avergonzada de la excursión.


                -¿Qué miráis?-les solté, con una risita, aparentando que me lo estaba pasando genial. Y me estaba saliendo muy bien, así que la lástima de sus caras se trasformó en desconcierto y el desconcierto en arte para mis ojos.

                -En realidad, yo tampoco entiendo ese afán por la comida sana. A ver, no creo que seamos jirafas y nuestra dieta se restrinja a lechugas y plantas-contestó Jim, con tanto enfado como yo. Incluso con más gracia.

                -¿En serio?-pregunté extrañada-Pensaba que eras un obseso en eso de cuidarse.

Me miró mientras su ceño se fruncía. Estaba enfadada y lo único que lograba al tenerle delante era pensar en su perfección. Y eso me convertía en débil, en un blanco perfecto.

¿O quizá él también pensaba eso al mirarme? Digamos que no tarde en desechar esa idea ya que yo estaba lejos de la perfección. Si me comparaba con él, era semejante al pobre helado de nata de un postre. Nadie nunca elegiría la nata entre tantos otros sabores. Y el helado es algo que no se puede tomar a la ligera. Hablamos de algo serio. La nata, era mi locura, su chocolate, ese Batman sexy y misterioso. 

                -Pues no sé, no me acuerdo.

Bum. Me sentí imbécil, mientras salía de mi pompa y me estrellaba con aquella realidad. Claro que no lo recordaba...

                -Lo siento…-murmuré, a la vez que mi interior me gritaba con un megáfono que dejara de cagarla continuamente. Me dirigió un gesto amable, de esos que nunca quieres porque significan que la has jodido y esa persona lo sabe.

                -En serio Erín, hablaremos más tranquilamente de todos esos “deseos”…-añadió Jerry, para terminar de rematarme, habiéndolos llamado así.

                -Anhelos más bien.

                -Lo que sea, puedes recuperarlos.

                -Bueno, no quiero seguir hablando de esto. Yo a vosotros no os he hecho tantas preguntas. Así que ahora te toca a ti-dije y señale al duende con decisión-Vamos.

El interpelado suspiró, sin sospechar nada de mi falsa entrega. Inocente…

                -Me asusté cuando te encontré en el baño aquella noche-confesó el duendecillo, dirigiéndose a mí-Es decir, pensé que ibas a volverte loca y que te íbamos a tener que internar.

BUM. Tragué saliva y pensé en las posibilidades de cavar un agujero en la tierra para meter la cabeza.

Después hubo un silencio. Un silencio que no estaba dispuesta a llenar con las típicas quejas que esperaban de mí.

Una vez más, me opuse a todo instinto.

                -Bueno, es tu turno Jim.

Se tomó su tiempo, mientras que reflexionaba… Pero cuando habló, las letras sonaron tan claras y perfectas como si las entonara la mismísima orquesta filarmónica de Viena.

                -Me desvelo cuando tienes pesadillas. Gritas tan fuerte que es imposible ignorarte. En condiciones normales sería un fastidio, un verdadero coñazo. Al ser tú, y como la única persona que tengo en la cabeza, tengo que esforzarme por no ir a tu habitación y despertarte. Odio que lo que sueñes sea tan desagradable como para…

Paró cuando cerré los ojos. Hasta que pesaron unos segundos, no me di cuenta de la magnitud de sus palabras. Lo que realmente acaba de decir.

Y eso era un BUM doble.

Reflexioné que hacer ahora. Lo habían llevado al extremo, me habían regalado una confianza barata para tirarme a los leones. Se habían disfrazado de una viejecita adorable que regala caramelos y que luego pasa a ser la bruja o el lobo que quiere acabar contigo.

                -Dios… Cuanta información-admití y esta vez, no estaba fingiendo-¿Para que habéis planeado esto? ¿Para qué me dé cuenta de que estamos todos juntos y que empiece a pensar en esto de que somos uno solo? Mi única pregunta verdaderamente importante es si queréis un nombre-mi tono no era amable y mis intenciones nada buenas. Y ya que había empezado, no podía parar. Los estaba aplastando con mi ironía como a dos cucarachas- Después de haber gastado todo ese tiempo querréis un nombre ¡Claro que sí! ¿Los mentalmente desatados? ¿El trio devastado? ¿Los fugitivos de la psiquiatría? ¡Pensarlo! Quizá si cada uno aprende a tocar un instrumento podamos convertirnos en una banda de éxito… -Y llegué a un punto de no retorno, en que las frases era borbotones sangrientos llenos de pus e infección-Joder, estoy viendo los titulares: Banda sacada del psiquiátrico aterroriza…

                -¡YA BASTA, JODER!-me gritó Jim, fuera de sí, con los ojos puestos en mí, pero esta vez inyectados en sangre y odio. Se levantó con energía y nos dio la espalda.

La rabia no me dejó sopesar el desconcierto de ese momento, así que me levanté con lentitud y fui hasta él. En ese punto estaba desatada, jadeante, enfadando a mi pulmón solitario.

                -¡No me hables así, imbécil!-bramé y le empujé en el pecho.

Jim apretó la mandíbula y cerró los ojos con fuerza, quizá intentando contenerse para no acabar conmigo.

No era muy inteligente enfrentarse a un Batman tan oscuro. Y yo estaba haciendo méritos.

                -¿Qué no te hable cómo?-preguntó, acercándose más a mi cara- Eres insufrible ¡Qué intentamos ayudarte! ¡Míranos! Aquí, para que reacciones y nos digas que pasa por esa loca cabeza tuya.

                -Chicos…-empezó a decir Jerry con calma, aunque a nadie le importó.

                -¿No lo entiendes, Erín? ¿No has pensado en nada de esto?

                -¡NO OS LO HE PEDIDO! ¡No he pedido nada! ¡De nadie! ¡Sé cuidarme sola!-volví a gritar, hasta el límite de mi capacidad-¿Os enteráis?

                -¿Aún no te has dado cuenta de que no?-preguntó Jim, algo más calmado-No puedes sola…

Me agarró del brazo, pero lo quité con furia.

                -¡Ni siquiera me lo merezco!

Ahí empecé a toser. Y todo ánimo y sed de sangre se consumió con mi colapso nervioso. Me senté en el suelo y Jerry me dio agua, pero eso no ayudó demasiado. Intenté hablar, pero nada. Puede que fuera un sistema de protección de mi querido pulmón para obligarme a abandonar esa ridícula discusión. Que obviamente iba a perder.

Lo que sé, es que agradecí que ese algo me parara.

Él también enterró el hacha de guerra y, como buen caballero, me dio unas palmaditas en la espalda.

                -Está bien. He gritado mucho. Lo siento-se disculpó y se agachó a mi lado.

Los jadeos se fueron calmando, hasta que recordé lo que implicaba la falta de oxígeno y me tendí en la hierba, vislumbrado como los árboles se movían a mí alrededor. Todo me daba vueltas y notaba que en mi cabeza se había colado un pájaro carpintero. Además, no puedo olvidarme de lo ridícula que me sentía por mi reacción.

                -Lo… lo siento-murmuré en ese estado de embriaguez-Tenéis… razón… estoy… loca. Quiero ir a casa. 

No me encontraba muy bien, así que volvimos al coche, dónde me dormí hasta que me desperté en mi apartamento. Sola. ¡Por fin había valido de algo suplicar por volver! Volvía a disfrutar de mi cama, de mi horrible colchón, de mi pared llena de recortes. Un desorden familiar que era mejor que cualquier palacio. Así que después de recrearme en ese momento de soledad, que podía no durar, inicié mi registro de propiedad.

Empecé por los cajones de la mesita de noche, dónde sólo había ropa interior vieja y un par de entradas de alguna fiesta a la que no habían asistido, o mejor dicho, me fue imposible asistir… todas de julio y agosto. Unas semanas que me había saltado a la ligera.  Luego, continué con la estantería, llena de libros, pendientes, pañuelos, apuntes y post-it de muchos colores.

Vale, el orden no es lo mío.

Mi alegría fue encontrar mi colgante debajo del pañuelo, junto a una foto en blanco y negro de una bailarina. Era algo especial, una fina cadena de oro de la que colgaba una hoja pequeña. Un capricho que me había permitido trabajando en una pastelería, justo antes de entrar en la universidad. Creía que la había perdido aquel día en el acantilado y que no iba a verla jamás.

Me la puse y me di la vuelta para mirarme en el espejo de la puerta del armario. Me seguía sentando bien, sólo que yo había cambiado desde la última vez que la tuve puesta.

Entonces, no sé muy bien porqué, me vino a la cabeza la foto en blanco y negro de la bailarina. Volví a por ella y me fije en la bailarina, en su postura mientras se ponía sus zapatillas…

No recordaba haber visto nunca esa foto, ni la razón por la que estaba en mi apartamento. Suspiré y le di la vuelta. En el reverso había escrito, con mi letra, un nombre y una hora.

                -Marion, cuatro de la tarde-leí en voz baja y me senté en la cama.

Tampoco sabía que era eso ni quien era esa tal Marion… Y que iba a hacer con ella a las cuatro, en algún día que por supuesto, ya había pasado.  Y si yo había escrito eso, tendría que haber estado muy borracha para no acordarme.

La sostuve durante un tiempo, en el que no pensé nada más que en esa bailarina de la foto ¿Sería la misteriosa Marion?

Quise no centrarme en el hecho de que no recordara eso y de que fuera posible que yo también hubiera borrado algunas cosas.

Volví a la realidad fuera de la foto cuando escuché la cerradura. Abrieron la puerta intentando no hace ruido, hasta que me vieron despierta.

Volvía a tener la sensación de haber pasado por una situación ridícula al tenerlos delante.

                -Veo que ya te has echado un buen sueñecito-se quejó Jerry lanzándome una bolsa de algún local al que habían ido a desayunar.

Olía a chocolate y sólo eso me bastó para dejar la foto y abrir fuera lo que fuese. Estaba hambrienta… y no del tipo normal de tener hambre de una persona sana y cuerda, sino del tipo de querer devorar la comida como medida de seguridad para no intentar matar a mis acompañantes.

Era un enorme cupcake de bizcocho de chocolate, recubierto con nata, fresas y más chocolate. El sabor era mejor que el sexo, más si cabe cuando le di el primer bocado y descubrí el relleno de frambuesa.

                -Dios… esto está… ¡Joder!-murmuré, con la boca llena, a punto de tener un orgasmo en la lengua.

                -Te dije que le gustaría-le dijo Jim al duendecillo, orgulloso. Después volvió la cabeza hacia mí y endureció el gesto.

Por supuesto que seguía molesto conmigo. Yo y mi insistencia de ser tan gilipollas. No sé porque siquiera me sorprendía, lo normal hubiese sido que me mandara a la mierda. Lo extraño, que me trajese un dulce y me besara salvajemente.

                -Gracias…-murmuré.

                -No me las des.

Después de eso llegó el silencio que precedía a la terrible conversación. Nadie me lo había dicho, no hacía falta, pero sabía que el juego de los secretos no había acabado en el parque, sino que se merecía un final (por lo menos, en la cabeza del duendecillo). Yo era partidaria de aparcarlo allí mismo y salir corriendo. En vez de eso teníamos que cavar en busca de otra charla sobre nuestras reacciones que terminarían por minar mi paciencia.

Otra vez.

Fue como ver una película, de las malas, en las que gritas al protagonista que es mentalmente incapaz de buscar un sitio seguro… Hasta que tiene el tornado encima.  

Vislumbre con pesadez como un tornado pelirrojo se sentaba a mi lado en la cama y ponía una silla al lado, ofreciéndosela a mi querido Batman. Llegados a ese punto, no podía escapar de las garras del insaciable duende.

                -¿Y ahora qué?-preguntó Jerry-Ya habéis visto vuestras reacciones, vuestro límite, algo del otro… Incluso sabéis más de mí ¿Qué os pasa por la cabeza?

                -Que es de locos-solté, incapaz de retenerlo.

                <<Cállate>>

                -¿Crees que estamos locos?-me preguntó Jim, contra todo pronóstico. Nunca pensé que alguien iba a cuestionarme. Pero ahí estaba, volviéndome a pisar el castillo de arena.

Puse los ojos en blanco y estreché los hombros, para seguidamente cruzarme de brazos y encontrarme con su mirada interrogativa.

                -Lo que creo es que este no es el buen camino, quiero decir…paré un momento, reflexionando en sí debía decir lo que me moría por decir y me pregunté si de verdad había algo que perder, y si importaba seguir guardándomelo todo para mí. La respuesta era que no importaba ¡Algo de cordura en mi cerebro!-Desde el principio me he sentido engañada. En el hospital y después, como si los dos hubierais formado un tierno dúo y me dejaseis fuera. Y todo ese secretismo en torno a ti-señalé a Jim con la mano y me mordí el labio- En cambio yo, estoy viviendo en tu casa, bueno, prácticamente me llevasteis obligada porque era eso o irme a Inglaterra.  No sé cuál fue vuestro interés en hacerlo… De verdad que es algo que me exprime los sesos… Necesito saberlo.

Otro silencio. Jerry abrió la boca y la volvió a cerrar, pensativo.

                -Bueno, dado que Jim…-empezó a decir Jerry, pero él aludido le hizo un gesto con la mano para que parara.

                -Mira Erín, me desperté sin saber quién era, sólo recordaba lo que pasó y a ti. No tenía nada a lo que agarrarme, así que estaba muy… nervioso. Entonces, conocí a Jerry y él me hablo de ti. Empecé a controlar mis ataques y cada vez que íbamos a verte a través de ese cristal, me sentía útil-Jim tenía la mirada perdida mientras hablaba, y sus ojos brillaban cada vez más. Me ponía el pelo de punta- Después conocimos a Fiona y Alana. Así que te había salvado de aquel accidente y tenía amnesia. Era una putada. Tus amigas me hablaron de ti, de tu vida… Luego empeoraste y entonces entré en pánico, incluso tuvieron que sedarme varias veces en una semana. Es una sensación extraña cuando sólo tienes recuerdos de una persona… Incluso inventados. El caso es que, despertarte y Jerry y yo creímos que era demasiado para ti, así que ocultamos una parte.

                -Eso fue idea mía. Lo siento-añadió el duendecillo.

Le lancé un gesto de odio, no por haber sido el promotor, sino por interrumpirle.

                -…Y luego me vi incapaz de que te fueras, porque realmente me caías bien… Por muy loca y antipática que fueras, pero me resultabas graciosa. Recuerdo cuando te caíste en tu cumpleaños… Nosotros preocupados y tú no parabas de reírte...

                -Estaba borracha-añadí intentando no reírme, mirando como él lo hacía, mejorando a cualquier sonrisa que hubiera visto nunca.

En serio, sus dientes eran perfectos, sus labios eran perfectos… Incluso aunque su boca se torciera levemente hacia la izquierda.  

                -Lo sabemos, créeme-dijo Jerry.

                -Sí. Así que me resultaba imposible no verte más. Entonces, no me quedaba nada por lo que… ser útil. Luego, Jerry tuvo una idea y lo demás, es historia.

La historia me estaba resultando conmovedora y no en plan romántico como creía que debía ser, sino por la razón que de yo le había estado ayudando inconscientemente. De una manera que me resultaba desconocida: Siendo yo. Tan torpe, inútil y descuidada. Un punto para mí. 

¿Y ahora que tenía que decir? Seguro que no podía mejorarlo, así que sólo me quedaba empeorarlo… Por suerte no me hizo falta hablar. No me di cuenta hasta ese momento, en que note mi mejilla húmeda y me limpié las lágrimas con la mano. Estaba llorando y empezándome a avergonzar ¿Qué me pasaba? No había sido para tanto, eso desde luego. Pero creo que se juntó todo. Mis recuerdos, mi apartamento, mi vida, él…
Me tapé la cara con las manos, queriendo ser invisible. Por supuesto, no pasó.

                -Erín… ¿Qué pasa? ¿He dicho algo?-me interrogó Jim, acercándose cada vez más. Me colocó la mano en la espalda y me acarició.

Sabía lo que tenía que hacer. Era más que eso, era una necesidad… Así que, sin salir de mi improvisado y absurdo escondite, intenté por todos los medios que esa necesidad se cumpliera.

                -Necesito estar sola. Ahora, por favor-susurré intentado sonar convincente-Quiero pasar aquí la noche-vi la cara de Jim, que obviamente se sentía muy muy culpable. No sé si fue mi instinto pero me levanté y le agarré la mano-No, no es por lo que has dicho. Es por mí, por todo… Sólo quiero unas horas. Necesito un descanso.

                -Está bien-aceptó él y, en contra de todo pronóstico, me beso en la frente-¿Jerry?

No iba a ser tan fácil, no con mi duendecillo, que empezó a negar con la cabeza.

                -No voy a dejarte sola…

                -Tengo móvil, puedo llamar…

                -Erín, no estás muy…

                -Lo sé, pero no voy a hacer nada. Me quedaré en la cama. Sólo me levantaré para ir al baño. Mañana puedes venir a vigilarme cuando me dé una ducha.

Estaba sonando desesperado, pero es que la realidad era así.

                -Erín, no sólo es eso…-Se quedó callado, pero sabía muy bien que se refería a mi salud de mierda.

                -Jerry, no te preocupes, le daré mi teléfono y vendré si me necesita. Estará bien-me ayudó, Jim, dejándome de nuevo sin más que decir.

Ahora, era otra vez el señor Superman, aunque no estaba segura de lo que podía durar su presencia.

                -Bien, prométeme que no serás una inconsciente y que usarás el teléfono-me rogó Jerry.

                -Lo prometo-sentencié, llena de entusiasmo, tanto que iba a reventar.


Me quedé sola después de una larga charla sobre la prevención de mi misma y una lista con números de emergencia. Cuando la puerta se cerró me tiré sobre la cama y respiré hondo, saboreando esa sensación de plenitud, por pocos metros cuadrados que tuviera mi apartamento. Eso era libertad, entre dulce y amarga, entre temerosa y gloriosa… O en otras palabras; Soledad, simplemente.

Intenté no pensar en ellos y centrarme en mí. Por egoísta que pareciera. Cogí un libro al azar de la estantería y sumergí en él, abstrayéndome de mi desastroso mundo. Aunque más que leer, acabé mirando las obras de arte del interior.  

Quizá fuera el destino que me había llevado a la biografía de Monet, a sus pinturas impresionistas, a París… A su retrato de 1899.

Ese hombre mayor, de cara simpática y dedos mágicos con el pincel que empezó a quedarse ciego al final de su vida.

Me puse a pensar en él, observando su sol naciente. Quizá podíamos haber sido amigos. Me hubiera caído bien ese anciano. Los dos compartiríamos desgracias y él me regalaría sus cuadros.

Y todos contentos.


Cuando me cansé de fantasear con un París del siglo diecinueve, pedí comida china para cenar y me la comí en mi nada glamorosa, mesa portátil, mientras veía Friends en la tele.

Estaba genial, contenta y despreocupada en mi apartamento cutre que tanto quería. Reflexionando en que puede que me viniese bien volver, no sólo por unas horas. Incluso volver a la universidad e intentar olvidarme un poco de todo el asunto. Pero entonces, el sonido de mi teléfono me sacó de dónde quisiera que estaba.

Jim.

Sentí miedo y a mi corazón trabajando a contracorriente mientras descolgaba.

                -¿Jim?

                -¿Erín, estás bien?-preguntó con tono de sorpresa.

                -Sí, ¿Por qué no iba a estarlo?-cuestioné confundida.

                -Está lloviendo mucho ¿No lo has oído?

Me levanté como una autómata, bajé la voz de la tele y fui hasta la ventana. Sólo era lluvia, constante y silenciosa. Pero ese sonido me ponía nerviosa y él lo sabía, ya que las noches en las que llovía, Jerry me había dado una dosis doble para dormir.

                -¿Hola? Voy para allá.

Dentro de mi confusión, a punto de notar la ausencia de yo interior, le respondí:

                -No importa…

                -Ya estoy en el coche. Tardó unos minutos. Voy a dejar el teléfono encendido mientras tanto.

                -Vale. Oye, Jim… gracias.

Quería decirle que estaba asustada y que en mi estado postraumático, a veces me quedaba colgada, pero no podía.

                -No pasa nada.

Volvía a hacerlo, a ser él… El mismo que me llamaba entre las olas para que reaccionara. El mismo que seguía pendiente de mí, incluso sin obtener nada a cambio, aunque yo peleara por alejarme de él y su otro yo no tan encantador que destrozaba el mobiliario y gritaba. El misterioso Jim…

Y allí, oliendo a tierra mojada y a tallarines, volví a sentirme tonta. Enamorada sin remedio de un problema potencial. 






               

9 comentarios:

  1. Me gusta mucho... cada vez mas complejos los personajes... quisiera que avanzaran mas para saber si finalmente se resuelven los traumas de los dos!!! excelente!! muchas gracias!!!

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  2. Subee mas capituloos

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  3. OMG geniales estas novelas las amooo porfaa sube mas capitulos

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  4. Mas capituloos!! Muy buena nove!!

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    1. Intentaré publicar esta semana :)

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    2. Sí por favor, la historia me encanta.

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  5. Hola! Soy nueva lectora y quiero decirte que tu novela me encanta! Espero y pronto puedas subir mas capitulos! :)

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  6. me encanta! aquí tienes una nueva seguidora! :) ansiosa por seguir leyéndote!

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