jueves, 3 de abril de 2014

Capítulo 14: Historias de un colchón.





Superman no tardó mucho en llegar, pero para cuando lo hizo, yo ya estaba acurrucada en el colchón, la luz se había ido y la lluvia, era torrencial. Obviamente, estaba cagada de miedo. Pero ya no por todo lo que tenía encima, sino porque la oscuridad nunca había sido mi mejor aliada. 

Mientras que estaba sola, perdí completamente la noción del tiempo, simplemente me quedé observando un punto fijo en mi mesita de noche, iluminado por la luz que entraba por la ventana.

Cuando él llegó se tumbó enfrente de mí. Me llamó despacio, susurrando mi nombre tan dulcemente que parecía que estaba cantando. Hasta pensé que no era real… y que tanto tiempo observando me mesita de noche me había dejado en un estado irreversible. Por suerte no era así. Era él y estaba ahí, tan perfecto. Mis ojos poco a poco se acostumbraban a la falta de luz, mientras lo miraba. Sus ojos brillaban y las sombras hacían que su rostro fuera más adictivo que nunca.


                -¿Estás aquí?-me preguntó, con una sonrisa.

Asentí, incapaz de hablar. Porque él a veces tenía ese efecto en mí, que me enmudecía. 

Hizo el amago de tocarme, pero una parte de mí, y juro que odié a esa parte, no quería que lo hiciera.

                -No…-le solté, apartando su mano con rapidez.

                -¿Tienes frío?

Volví a asentir despacio. Él se incorporó para ponerme una manta encima y volvió a recostarse, suspirando. Ese gesto fue algo tan tierno, que dejé de tener frío. Tal vez tuviera miedo porque el tanto por ciento de la humedad del exterior fuera alto… O tal vez porque tenía que volver a acostumbrarme a la soledad y a la oscuridad. A estar yo sola de nuevo. Llevaba demasiado tiempo rodeada de gente.

                -Has venido-dije por fin-Gracias.

                -No es nada.

                -Me siento tan tonta por haberme comportado así esta mañana… No sé porque lo he hecho.

                -Erín… por extraño que parezca, y por mucho que me haya enfadado, te entiendo. Puede que yo hubiera hecho lo mismo si estuviera en tu lugar.

                -Mi lugar no está tan mal ahora…

                -El colchón es cómodo-susurró, insinuante. 

                -Y la luz...

                -¡Oh...! Claro, la luz.

Sonrió débilmente en la penumbra y me dio la mano, entrelazando sus dedos en los míos. Nos separaba un trecho de colchón, no podíamos dejar de mirarnos, era inercia o atracción… O alguna clase de magnetismo. El caso es que, no me atrevía a moverme, a rellenar el hueco entre los dos. No podía estropearlo, intentando acelerar la situación. Fuera la que fuese.

En realidad no tenía ni idea de lo que hacía, ni de lo que iba a hacer. Lo de siempre. Estaba perdida y el señor Superman lo sabía. Yo estaba rota y él también, cada uno de una manera diferente. Puede que acercarnos más nos mancillara, o puede que no. En fin, que estaba confusa. 

                -¿Crees que algún día recuperarás tu memoria?-pregunté, intentando que el silencio no nos devorara a los dos.

Se quedó pensativo un momento y luego suspiró.

                -No, creo que no ¿Y tú? ¿Crees que algún día podré llevarte a la playa?-bromeó y me guiño un ojo. Que el quisiera llevarme a algún sitio me ponía. Mucho.

Me reí como una tonta y negué con la cabeza, sin apartar la mirada de sus ojos. Era incapaz de hacerlo. Me sentía orgullosa, del tipo de orgullo que depende de otra persona. Cuando te das cuenta de que ese ser, que se supone que pertenece a tu vida (o algo así) es capaz de sacarte una sonrisa, o de endulzar un momento tan crítico como ese. 

Incluso para mí, que pensaba que ese lío del amor, de los corazones y los arcoíris, lo de la media naranja, el angelito con el arco y las flechas, los bombones y demás sistemas edulcorados creados por el hombre no eran más que eso. Creaciones inservibles destinadas a que pensáramos que nuestra vida podía ser mejor. Una mierda, vamos. 

Hasta que llega alguien que hace que todo ese conjunto de colores y felicidad no sea tan absurdo. Incluso para una negada.

                -Ayer, antes de que me besaras, recordé algo que no sé si realmente pasó en el acantilado-le expliqué, sintiéndome cómoda.

Su gestó cambió. Frunció el ceño y se removió confuso, observándome.

                -¿Qué?

                -Me llamabas por mi nombre… Como si me conocieras.

Vi que se alejaba de la cama, de la habitación y que viajaba lejos durante unos segundos, intentando llegar a ese momento fotografiado en mi mente.

                -Bueno… quizá fuera porque escuché a tus amigas desgañitándose.

Me sentí idiota por haberle preguntado eso, más aún por no haber pensado en esa respuesta yo misma. Me había montado una película… que él me conocía. Ilusa. Y era mucho más sencillo que una película.
Aunque después, en cuanto lo pensé durante unos minutos y volví a recordar el momento en mi cabeza, no me convenció su versión. No era por cómo me llamaba, sino por su tono. Desesperado.

                -Quiero que me cuentes lo que recuerdes de ese momento. Sé que tu memoria es una mierda, pero sé también que eso si lo tienes guardado. Por favor…

Lo estaba incomodando, pero me daba igual. Era el momento de sincerarnos, de hablar claro, de
descubrirlo todo y de intentar avanzar con el puzle mental que era mi memoria desde aquella tarde.

                -Erín…-me rogó con ojos de corderito, suplicándome que no lo hiciera.

                -¡Por favor!-supliqué, en un tono que más bien podía usar una niña de siete años. 

                -Está bien...No sé cómo llegué allí. Recuerdo observarte, divirtiéndote con tus amigas. Hablabais y os reíais-murmuró y se aclaró la garganta-Que quede claro, que no sé si todo esto es real o no. Después te levantaste, y fuiste hasta el borde del acantilado. Hubo un momento en que te giraste en mi dirección y me fijé más en ti. Tu pelo suelto, ondeaba con el viento… no sé si me lo imaginé, pero recuerdo que llevabas un vestido amarillo.

<<Estabas descalza, te giraste y tus ojos se detuvieron un momento en mí. De repente, el viento sopló más de la cuenta… Me giré un segundo y cuando volví a buscarte, ya no estabas. Oí los gritos de Fiona y Alana, que corrían hacia el borde y fui hacia ellas, temiéndome lo peor… Gritaban como locas, suplicando ayuda, pero ya no te veíamos-Hizo una pausa, mirando al techo. Cada vez estábamos más lejos y casi podía oír las olas chocando contra las rocas. Suspiré por seguir allí con él- Lo siguiente que recuerdo es estar sumergido en el agua y verte allí- volvió a dirigirse hacia mí y cerró los ojos un instante-Es extraño, pero esa imagen es demasiado nítida. No es borrosa. Te agarré el brazo y tiré de ti. Salimos un segundo a la superficie, rodeé con mis manos tu cara… Tenías los ojos abiertos y me mirabas aterrada. Tenías un corte muy feo que no paraba de sangrar-Me acarició la frente, siguiendo el surco de mi cicatriz- Los ojos se te entornaban y no hacías nada para seguir en la superficie. Estaba muy cansado y no podía sujetarte. Luego llegó otra ola, y me golpeé en la cabeza. Empecé a marearme y me agarré a una roca. En esa tregua del mar, pude arrastrarte a ella. Sólo tengo borrones después de eso… Era como una cueva. Te dejé en el suelo y te llamé, pero era inútil… tampoco respirabas. Te faltaba un zapato…-después de decir la última frase, se quedó en silencio, acariciándome el brazo- No recuerdo nada más. El zapato...

Su relato llegó a sorprenderme. Nunca había visto los hechos desde esa perspectiva y me parecía peor que la mía. Porque sí, yo me estaba ahogando… pero cuando pensaba en esos momentos, podía ignorarlos, trasportarme a otro recuerdo, quizá de una navidad, un cumpleaños, mi infancia… él no tenía eso. No tenía nada.

Evité decir nada más, porque hacerlo iba a suponer hablar demasiado de algo que nos afectaba, hasta el punto de dejar de ser nosotros mismos.

                -Deberíamos dormir-susurré-Ha sido un día muy largo.

Él bostezó y se frotó los ojos. Intuí que no le parecía mal aparcar el tema, ya que parecía más aliviado que otra cosa.

                -Bien. Buenas noches Erín-murmuró y se acercó para besar mi frente.

                -Buenas noches, Jim.

Le di la espalda y cerré los ojos. Noté su mano deslizándose por mi cintura, abrazando mi cuerpo con cuidado. Me quedé profundamente dormida a los pocos minutos.

Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, dormí más de cuatro horas seguidas. Y soñé pero con él y fue genial. 

***


Fue un antes y un después, como si después de aquello la vida nos concediera el honor de darnos un poco más de oxígeno. Una puta ventana abierta, por fin. Le entendía, en cierta manera-todo eso de su obsesión por mí, que tampoco me desagradaba- y él… bueno, él sólo seguía ahí, intentando acercarse mientras se lamía las heridas. Éramos un desastre. Y yo...  Un ser extraño, todo hay que decirlo. Siempre cerca, pero lejos el uno del otro. Un dramón épico. Podía apartarle y odiarme, pero si me acercaba demasiado, sentía que me quemaba. Una locura... y entonces, me tragué las ganas, y entendí que debíamos ser amigos y que para ello, debía afrontar decenas de situaciones incómodas, retorcidas por el hecho de que éramos dos personas unidas.

Volví a mi apartamento, el del desorden y el caos de día y de noche. A la universidad y al descontrol. Aunque había una regla, que por supuesto venía de la perversa mente, retorcida y manipuladora, del duendecillo. Quizá no era tan retorcida y puede que sus ideas de verdad me estuvieran sacando de aquel pozo, pero estaba predestinada a odiarle. Nuestra relación se basaba en eso y me encantaba… podía desahogarme con alguien, sin sentirme culpable.

Era la guinda de mi libertad.

Jerry había puesto sus pautas, entre ellas, debía dormir en casa de Jim. Tenía que dejar que me llevaran y me recogieran de la universidad… Y por supuesto, tenía que verle cada día, descansando los domingos.  
Pero acepté cada una de sus reglas, casi con gusto. Era una agradable sensación de rutina. Volvía a la vida, fuera de la delicadeza y los trastornos mentales. No era igual que siempre, pero tenía que acostumbrarme y puede que así, recuperar todo lo que había dejado atrás.


Lo que no intuí hasta tiempo después, es que a veces es imposible volver a empezar sino aceptas que has cambiado.



El primer día de universidad, después de mi desastroso verano, descubrí que aquello no iba a ser fácil.
Había pasado una semana desde que Jim y yo hablamos. O más bien, desde que Superman me contó lo que yo quería que me contara. Durante esos días, sólo nos veíamos en la cena. Era nuestro límite dentro del periodo de prueba, un método de reconocimiento de la zona. Cenábamos solos, casi siempre, acompañados por el inmenso salón y el servicio. Hablábamos de cosas que sonaban ordinarias y triviales con todo lo que queríamos decirnos realmente. Como por ejemplo, las asignaturas que iba a cursar, mi horario o el tiempo. Él me hablaba de que quería empezar a estudiar, pero puede que ni siquiera supiera que quería. Ambos dábamos tumbos, pero era mucho más divertido que hacerlo sola.

Abríamos la veda, cada vez un poquito más, cada vez más profunda. Intentando hacerlo lento para que no se desmoronara… la mayoría de las veces, admito que quería tirar lo toalla y que puede que me cansara de esa fragilidad. Porque Yo era yo y eso significaba joderlo todo. 

No puedes decirle a un niño que no juegue con algo, porque automáticamente, se va a convertir el mejor juguete que se haya creado jamás. Lo prohibido. Esa deliciosa sensación de bordear el abismo, nunca mejor dicho. Y odio las comparaciones, pero joder. Era justo eso. 

Es demasiado difícil ser el amigo de alguien que te atrae hasta el punto de saciarte con una mirada. Y el me tenia comiendo en la palma de su mano.

Así de triste era mi situación.




3 comentarios:

  1. Es cortito y lo sé, he tardado mucho... Pero esta semana voy a subir dos por haberos hecho esperar tanto. Así que antes del lunes, lo tendréis.
    Besitos.
    Y vuelvo a pediros disculpas. No tengo remedio.

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  2. ME ENCANTO!!! ESPERANDO TUS DOS PROXIMOS CAPITULOS

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  3. Para cuándo el siguiente? Estoy impaciente ^^ la historia me encanta.
    Besos.

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