martes, 15 de octubre de 2013

Capítulo 7: La casa, el ascensor y la enfermera.





Prefiero omitir la parte que vino después, que básicamente puedo definir en una palabra: Embarazoso.

Esa molesta situación duró hasta llegar a la “casa”, cuyo tamaño hacía que fuera imposible usar ese término. Mansión o palacete quedaría mucho mejor.

No exagero.

Se notaba que llevaba mucho tiempo perteneciendo a la familia. La arquitectura la situaba varios años atrás. De piedra y robusta en el exterior, dejaba completamente de lado ese aspecto al entrar. El interior era acogedor, moderno y de una exquisitez que me dejo con la boca abierta un par de minutos. Parecía una de esas casas que salen en las revistas, con las que cualquiera sueña pero pocos pueden tener. Un sitio de otro mundo.

Ya en la entrada, los ojos se me dispararon en todas direcciones, abarcando cada detalle inalcanzable. Cuadros preciosos, paredes empapeladas, muebles robustos, centros con flores frescas, cortinas interminables, sofás estampados… Todo en una perfecta armonía que convivía con los brotes de las nuevas tecnologías, como una enorme tele de plasma. Y juro que nunca había visto una tele tan grande en una casa.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Capítulo 6: Jim, y lo que no me esperaba de Jim.





Recorrimos la carretera en dirección al centro de Dublín, dónde estaba mi apartamento. La primera parada antes de llegar a “Mi nuevo, temporal e improvisto hogar”. Vivía en un tercer piso, sin ascensor, por lo que tuve que pasar por un momento un poco bochornoso, cuando cierto joven amnésico me llevó en brazos hasta arriba. Por supuesto, que en todo momento me mantuve fría y sólo respondía a lo que me preguntaba con palabras cortas como Sí y No. Y cómo él tampoco estaba cómodo, mejor que mejor. 

Ahí estábamos los dos, en mi pobre apartamento abandonado, exactamente igual a como lo dejé antes de que se me fuera la cabeza.

Para empezar, os describiré un poco mi pequeño habitáculo: Pocos metros cuadrados para nombrarlos, paredes blancas llenas de posters, fotos y cuadros que tapaban las grietas y los desconchones de la pintura, escasos muebles, lo bastante envejecidos como para ser de mi gusto y un par de estanterías que habían conseguido llevarse todo mi cariño. El apartamento tenía tres módulos principales; mi dormitorio-biblioteca-despacho-armario-sala de estar, la cocina y –si podemos llamarlo así, aunque no creo que llegue a esa consideración- un baño.

El amnésico desencantador me sentó en la cama y observó la estancia con expectación, deteniéndose en una pared un tato peculiar llena de recortes de periódico –Todos hemos tenido un pasado y él estaba a punto de descubrir el mío-.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Capítulo 5: La definitiva caída del imperio de hielo.




La respuesta me vino fácilmente a la cabeza; Sí. Afirmativo. Te mueres por ese tío. Y una parte de mí, y odiaba a esa parte con todas mis ganas, empezó a reírse a carcajadas por lo cómica que parecía mi situación.

No, no estoy loca… No digo que hable conmigo misma, ni que sea una especie de ser extraño con doble personalidad, igual que Gollum del señor de los anillos. Pero últimamente, sentía que cada cosa que me pasaba, era observada por un subconsciente malvado que se burlaba de mí.

Bueno, a lo mejor sí que era locura.

Así que de nuevo, a pesar de lo enormemente cansada e inservible que me sentía, decidí decantarme por lo que menos me convenía, que era lo que no podía ignorar. Me deslicé hasta mi trono con ruedas y salí de la asquerosa habitación de hospital que tenía las horas contadas. Mi objetivo era absurdo, claro y temerario.

Buscar a James y pedirle explicaciones por ese regalo tan estrafalario que no me merecía. Ya, puede que me equivocara, pero era lo que sentía.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Capítulo 4: La primera caída del imperio de hielo.





El Éxtasis. Lo rocé aquella noche con la punta de los dedos. No era el mayor grado que se experimenta del éxtasis, puesto que siempre se puede ser más feliz, más afortunada… Pero después de lo que había soportado, tener algo de esa dulce y placentera sensación por pequeña que fuera era… agradable. Aunque fuera gracias a unos Martinis.

Todo lo bueno dura poco. Una frase simple, con cinco palabras simples que significaba una de las verdades más absolutas en este mundo. Y aquella mañana me cercioré de ello. No existía un atisbo, por más pequeño que fuera, de cualquier emoción agradable en mi cuerpo. Mis entrañas parecían estar librando una batalla épica con espadas, lanzas, escudos, caballos y catapultas, que desembocaron en una situación rocambolesca cuando hundí mi cabeza en el váter para vomitar.

lunes, 12 de agosto de 2013

Capítulo 3: Veintitrés. Parte 2.





Cuando por fin pude cerrar la boca después de escuchar su relato… Negué varias veces y a continuación, me eché a reír. Tan inoportuna e idiota como siempre. No podía parar y él me miraba como si le estuviera doliendo mi reacción. Me tapé la boca y me contuve.

Mi especialidad en este tipo de situaciones, estropearlas más si cabe.

                -Dios mío… Lo siento. Es terrible y no puedo imaginar por lo que estás pasando, pero es que…-Intenté disculparme, pero las carcajadas me jugaron una mala pasada. Otra vez. 

James frunció el ceño y, para mi sorpresa, comenzó a reírse también… Pero, ¿Y por qué no íbamos a hacerlo? Ya teníamos suficiente y durante un pequeño instante, me olvidé de la asquerosa situación que nos aplastaba.

miércoles, 31 de julio de 2013

Capítulo 3: Veintitrés. Parte 1.






Abrí los ojos, escapando de la pesadilla que había tenido. Un acantilado, un salto y mucha agua. Tenía ese sueño todas las noches en el hospital (Supongo que eso es lo que pasa cuando te traumatizas). Me incorporé un poco –Todo me daba vueltas por las drogas del día anterior. Sí, drogas y todo gratis-, pero me espabilé cuando vi un ramo de rosas en la mesita, y otro sobre la cómoda. Decenas de rosas frescas… ¿Para mí?

¿Quién me enviaría rosas? ¿Y por qué? Observé la silla de ruedas, aparcada justo al lado de la cama, no iba a dejarme intimidar por ella, claro que no. Volví a hacer la misma operación que el día anterior, pero sin público. Me deslicé por la cama y agarré la silla con una mano, cogí aire, apoyé las piernas en el suelo y pegué un salto hacia ella… Directa al asiento.

Me llené de una alegría desbordante, chillé de felicidad y levanté las manos con entusiasmo.  Ridículamente estaba disfrutando de ese momento, de sentarme en una silla. Guau. Cuando me di cuenta, me entristecí (Era triste que me alegrara, yo era triste). De pronto, se escucharon aplausos a mi espalda. Me giré y vi a Liam, sonriéndome desde la puerta, sosteniendo una bonita caja entre sus brazos.

martes, 30 de julio de 2013

Capítulo 2: El duendecillo.




El séptimo día de mi idílica estancia en el maravilloso hospital de San James, los médicos consideraron que necesitaba ayuda psicológica antes de volver a la rutina. Por supuesto no iba a salir de allí aún, ni mucho menos… Pero debía levantarme de la cama e ir a rehabilitación. Y temían que aquello me hiciera caer en una larga y profunda depresión que culminaría conmigo intentando acabar con mi vida ¿No es irónico?

A las una en punto del medio día, después de remover un poco lo que bauticé como “Pollo seco con sabor a nada”, se presentó en mi habitación un hombre de aspecto gracioso. Bajito, pelirrojo y muy delgado. Llevaba una corbata muy llamativa de lunares azules y prometo que al ver su nariz, pensé que era postiza… Pero no, solo era anormalmente grande.

Me sonrió desquiciadamente y se acercó hasta mi cama. Yo ya tenía un aspecto un poco más “decente”. Me habían dejado ducharme en condiciones, y tenía puesto un chándal gris muy favorecedor, regalo de mis amigas. En otro tiempo, quizá me hubiera quedado bien, pero ahora era un saco rodeando a un cuerpo demacrado –El mío-. Si me mirabas durante mucho tiempo, incluso podías pensar que era el fantasma de la 313.